Perspectiva histórica del capitalismo: breve relato de la construcción del capitalismo

Curso de Experto Visiones del Desarrollo, Alternativas y Herramientas para la Transformación Social. Universidad de Córdoba.

Profesorado:

Germán Ferrero y David P. Neira[1]

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1. Introducción

2. Momentos históricos de la configuración del capitalismo

2.1 Acumulación originaria

2.2 Expansión industrial, taylorismo y fordismo

2.2.1 La impronta Keynesiana

2.3 Postkeynesianismo, postfordismo y globalización económica

3. A modo de reflexiones finales

4. Bibliografía

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1. Introducción

El actual sistema de pensamiento económico, así como su configuración práctica no ha surgido de la nada, ni ha sido el resultado de un proceso de “evolución” de la historia ni mucho menos un fruto de la evolución natural. La configuración del capitalismo implicó un largo y arduo relato tras el cual el trabajo, la tierra y el dinero se fueron convirtiendo en mercancías mediante un proceso político/institucional que fue configurando las reglas y las normas del juego de lo económico. Reglas y procedimiento que se han ido complejizando a lo largo de la historia hasta configurar el actual modelo económico. Modelo que se basa en nuevas formas de “producción” y apropiación, al mismo tiempo que es retroalimentado por las nuevas formas de consumo, así como sus discursos generadores de nuevas subjetividades mercantilizadas.

Así, en este primer texto introductorio se presenta un breve relato de la historia del capitalismo desde la economía política en base a diferentes textos que hacen especial hincapié en los conflictos capital-trabajo y las diferentes articulaciones que ha seguido el capital para profundizar en los mecanismos de desposesión. Tres momentos históricos han sido diferenciados en este texto. El primero hace referencia a la llamada “acumulación originaria”, el segundo al desarrollo del capitalismo desde el industrialismo hasta el modo de producción fordista y el último, el más actual, la consolidación de la globalización económica (o postfordismo).

 

2. Momentos históricos de la configuración del capitalismo

  • Acumulación originaria

Los procesos de desposesión y de privatización son intrínsecos a la acumulación y éstos no solo fueron decisivos “para explicar los aspectos más crueles del colonialismo, sino que hasta hoy mismo las políticas de desposesión (administradas para la inmensa mayoría por una alianza non sancta de poder empresarial y estatal) del acceso a la tierra, al agua y los recursos naturales está induciendo gigantescos movimientos de agitación global. El llamado «acaparamiento de tierras» en toda África, América Latina y gran parte de Asia (incluidas las grandes desposesiones que están teniendo lugar ahora mismo en China) son sólo el síntoma más obvio de la política de acumulación por desposesión con formas que ni siquiera Polanyi podría haber imaginado. En Estados Unidos, las tácticas de expropiación legal, junto con la brutal oleada de desahucios que han provocado enormes pérdidas, no sólo de valores de uso (millones de personas sin techo), sino también de los ahorros duramente ganados y de valores insertos en el mercado de la vivienda, por no hablar de la pérdida de pensiones y de derechos sanitarios y educativos y otras prestaciones, indican que la economía política de la desposesión directa sigue funcionando en el mismísimo corazón del mundo capitalista. Lo paradójico es, por supuesto, que esa forma de desposesión está siendo ahora administradas cada vez más bajo el disfraz virtuoso de la política de austeridad supuestamente requerida para devolver a un capitalismo achacoso a una situación pretendidamente sana” (Harvey; 2014: 96).

Quizá, como afirma Polanyi (1989 {1944}: 291) “la empresa más extraña de todas las emprendidas por nuestros antepasados consistió […] en aislar a la naturaleza y hacer de ella un mercado”. Y al mismo tiempo, como afirma Silvia Federici (2010) cuando se perdió la “tierra y se vino abajo la aldea, las mujeres fueron quienes más sufrieron. Esto se debe en parte a que para ellas era mucho más difícil convertirse en vagabundos o trabajadores migrantes: una vida nómada las exponía a la violencia masculina, especialmente en un momento en el que la misoginia estaba en aumento. Las mujeres también eran menos móviles debido a los embarazos y el cuidado de los niños, un hecho pasado por alto por los investigadores que consideran que la huida de la servidumbre (a través de la migración u otras formas de nomadismo) es la forma paradigmática de lucha. […]. Lo que pongo en discusión es que fuese la crisis poblacional de los siglos XVI y XVII, y no la hambruna en Europa en el XVIII (tal y como ha sostenido Foucault) lo que convirtió la reproducción y el crecimiento poblacional en asuntos de estado y en objeto principal del discurso intelectual. Mantengo además que la intensificación de la persecución de las “brujas”, y los nuevos métodos disciplinarios que adoptó el estado en este periodo con el fin de regular la procreación y quebrar el control de las mujeres sobre la reproducción tienen también origen en esta crisis”.

Marx denominó acumulación originaria a los primeros episodios históricos del capitalismo. Y en propio Marx escribía: “Se nos explica su origen contándolo como una anécdota del pasado. En tiempos muy remotos había, por un lado, una elite diligente, y por el otro una pandilla de vagos y holgazanes. Ocurrió así que los primeros acumularon riqueza y los últimos terminaron por no tener nada que vender excepto su pellejo. Y de este pecado original arranca la pobreza de la gran masa (que aún hoy, pese a todo su trabajo, no tiene nada que vender salvo sus propias personas) y la riqueza de unos pocos, que crece continuamente aunque sus poseedores hayan dejado de trabajar hace mucho tiempo” (Marx; 2000 {1867}: Cap.XXIV). Sin embargo, la desposesión es algo cosustancial al capitalismo que ha sabido buscar nuevos mecanismos y formas de legitimación para absorber y concentrar plusvalías. De esta forma, en una primera fase del desarrollo del modelo económico actual “la acumulación primitiva de capital se da en un “medio” en el que las fuentes externas de suministro de mano de obra y de materias primas parecen inagotables. La primera, a través de la progresiva despoblación de las zonas rurales: La segunda, a través de la esquilmación de los recursos naturales de las colonias. (…) En esta primera fase la explotación capitalista del trabajo adquiere formas extremas: el salario viene a cubrir únicamente las necesidades inmediatas individuales de subsistencia, proporcionando los medios para que, después de largas jornadas, la mano de obra pueda recuperar sus fuerzas y reincorporarse al trabajo el día siguiente. (…) la posibilidad de sustituir la mano de obra de una industria por nuevas aportaciones procedentes de zonas rurales es un arma de presión en manos de los capitalistas para forzar a aceptar condiciones draconianas de trabajo so pena de efectuar dicha sustitución” (Pla; 2002). De la misma forma argumenta Federici (2010) que “la principal iniciativa del estado con el fin de restaurar la proporción deseada de población fue lanzar una verdadera guerra contra las mujeres, claramente orientada a quebrar el control que habían ejercido sobre sus cuerpos y su reproducción. Como veremos más adelante, esta guerra fue librada principalmente a través de la caza de brujas que literalmente demonizó cualquier forma de control de la natalidad y de sexualidad no-procreativa, al mismo tiempo que acusaba a las mujeres de sacrificar niños al Demonio. Pero también recurrió a una definición de lo que constituía un delito reproductivo”.

De esta forma, la “acumulación originaria” se refiere a aquella fase histórica del patriarcado/capitalista en la cual se empezaron a generar las condiciones sociales y políticas necesarias para la acumulación del capital. Proceso en el cual “transformación del trabajo, la tierra y el dinero en mercancías se logró mediante la violencia, el engaño, el robo, el fraude y actividades parecidas. Las tierras comunes fueron cercadas, divididas y puestas a la venta como propiedades privadas. El oro y la plata que constituían las primeras mercancías-dinero fueron robados a los habitantes nativos de las Américas Los trabajadores y trabajadoras se vieron obligados a abandonar la tierra para recibir el estatus de trabajadores asalariados «libres» que podían ser libremente explotados por el capital, cuando no directamente esclavizados. Tales formas de desposesión fueron fundamentales en la creación del capital, pero lo más importante es que nunca desaparecieron”. Paralelamente a este proceso tal y como nos desvela la ecología política feminista hubo un proceso “domesticación” del trabajo de las mujeres (recluido a los hogares) y la naturaleza.

  • Expansión industrial, taylorismo y fordismo

Tras los primeros episodios crudos del capitalismo llevaron los segundos. Así, la “primera revolución industrial (fines del siglo XVIII–1760 y principios del XIX–1870), impulsada por el carbón, trajo un cambio en los sistemas de trabajo y dio lugar a la organización social capitalista. Aunque no produjo y no implicó cambios inmediatos en los patrones de consumo, contenía ya esa tendencia en germen, dado que conlleva modificación en los patrones de intercambio, que configuran nuevas formaciones sociales. La industrialización trajo una cada vez más acelerada transformación de la naturaleza en bienes que necesitan ser consumidos. El taylorismo, el fordismo y las políticas keynesianas son las grandes innovaciones de carácter económico que, junto con los aportes tecnológicos (electricidad, petróleo, motor de combustión interna) de la segunda revolución industrial, sentaron las bases del capitalismo durante el siglo XX” (Carosio; 2008: 132), segunda revolución que nace, como señala Pla (2002), “en el marco de una gran expansión del colonialismo que permite la conquista sucesiva de nuevas fuentes de materias primas”.

Ya en el siglo XX se produce en los países y territorios del norte global la paulatina expansión y aceleración del consumo, así como el consumo y posición social como articuladores de las relaciones de convivencia social. En este sentido, se puede afirmar que la “sociedad de consumo y la cultura del consumo son el ambiente mental y el modelo civilizatorio que comienza a abarcar el mundo a partir de la producción en masa viabilizada por la segunda revolución industrial. En el periodo que va de la (primera) gran depresión (1873) hasta la primera guerra mundial (1914), se comenzó a desarrollar el modelo producción–consumo, emblematizado por el fordismo, que fue el modo de regulación que a largo plazo le confirió estabilidad social al capitalismo (…) se basa en la venta masiva. La suma de la producción en cadena a la producción de mercancías significó un conjunto de transformaciones sociales y culturales, que produjo la implantación cotidiana de los sistemas de producción y reproducción mercantil (Alonso, 2004: 19) y sirvió de base para la propagación y cambio de escala del capitalismo. (…)” (Carosio; 2008: 132). De esta forma el “denominado “método fordista” de producción continuó y profundizó los principios de la “Admi­nis­tración Científica del Trabajo” propuestos previamente por Taylor: lucha contra la holgazanería y los tiempos muertos en el proceso de trabajo; división y frag­mentación de los procesos pro­ductivos en ta­reas sencillas; diferenciación de las funciones de concepción (saber) y de ejecución (ha­cer) dentro de la empresa; intercambiabilidad de la fuerza de trabajo; establecimiento por parte de la dirección de las empresas –a través de las “oficinas de métodos” y de la aplicación de “métodos científicos”– de procedimientos de trabajo simplificados, así como de los tiempos medios requeridos para la realización de cada tarea encomendada, etc.

Por lo tanto, a partir de las formas de organización del trabajo Taylorista, Ford incorpora una serie de “innovaciones” que permiten incremetnar la capacidad productiva en términos de mercancías, pero sobre todo en términos de valor y que, según Riesco-Sanz (2014:27) revolucionarían “la organización del trabajo de la industria norteamericana de comienzos del siglo XX. La más famosa fue la cadena de montaje, es decir, la secuenciación de las distintas fases del proceso de trabajo y su interconexión por medio de una cinta transportadora que no sólo permitía luchar contra la “holgazanería” de los trabajadores (el ritmo de trabajo quedaba ahora sujeto al movimiento de las máquinas), sino también contra la pérdida de tiempo de los materiales al desplazarse (los componentes del proceso de trabajo quedaban ahora sincronizados)”. De esta forma los “métodos de racionalización y organización científica del trabajo de F. W. Taylor y la producción en cadena de Henry Ford dieron un giro al proceso mismo de producción de mercancías, al desarrollar la producción en gran escala, caracterizada por la generalización de bienes a relativo bajo valor por unidad. Si bien Ford toma lo esencial del taylorismo, lo supera en visión, porque incorpora la noción de consumo”.

Es decir, la producción en masa es la contracara del consumo en masa. De esta forma el consumo en masa es un nuevo “sistema de reproducción de la fuerza de trabajo, de una nueva política de control y gerencia del trabajo, una nueva estética y una nueva psicología, en suma, un nuevo tipo de sociedad democrática, racionalizada, modernista y populista” (Harvey, 1998: 120) donde “(…) la industria automovilística fue la llave para la transformación económica basada en la estandarización” (Carosio; 2008: 133). La cadena de montaje y el automóvil (icono de la movilidad privada e individual) durante décadas fue el símbolo (y sigue siendo) del capitalismo industrial triunfante. De esta forma la “producción en masa de productos estandarizados y la política de (relativos) altos salarios y de créditos para los empleados (aspectos ambos fundamentales para el surgimiento de una “sociedad de consumo” en Estados Unidos en 1920-1930), constituyeron otros aspectos reseñables del fordismo que obligan a pensar las relaciones de explotación y dominación en el capitalismo más allá del miserabilismo, la pauperización generalizada de las poblaciones o la extensión de la precariedad en el empleo.

La transición y el triunfo del taylorismo al fordismo radica en que “fueron capaces de aprovechar –y, al mismo tiempo, reforzar– algunas de las posibilidades abiertas por la expansión del capitalismo moderno como, por ejemplo, la incorporación al mundo industrial (y al trabajo asalariado) de millones de personas procedentes de sociedades tradicionales gracias a la simplificación y estandarización de los procesos de trabajo (una fuerza de trabajo más intercambiable y menos costosa). O, también, la transformación de los productores en consumidores de los bienes que producen (una sociedad de consumo de masas construida, principalmente, sobre las rentas del trabajo). O, por ejemplo, la mejora de la productividad a través de la innovación tecnológica y la progresiva mecanización y automatización de los procesos productivos (con la sustitución progresiva de trabajo humano por máquinas)” (Riesco-Sanz; 2014:27). Sin duda, una de las claves de fordismo fue incorporar las clases trabajadoras (de los países del norte global) en la espiral del consumo. Ya que, toda producción necesita un consumo que lo respalde. Esto fue especialmente importante después de la segunda gran depresión donde “os ingresos de la población no habían subido como para que el consumo siguiera creciendo. Los almacenes estaban llenos de mercancías que no podían ser vendidas y muchas fábricas comenzaron a despedir a sus trabajadores. La crisis económica en Estados Unidos alcanzó niveles de catástrofe. La producción industrial se redujo a 50%, las ventas de automóviles cayeron 65% y la desocupación aumentó de 1.5 millones a 13 millones. Se vio claramente entonces la necesidad de un ensanchamiento social, generalización y socialización real de la norma de consumo: a partir de 1933, el New Deal (“barajar de nuevo”) fue la respuesta a la gran depresión y significó una serie de medidas para la reactivación de la demanda a través de la acción estatal; comenzó así el Estado de Bienestar, como conjunto de instituciones para entregar políticas sociales que permiten crear una fuerte infraestructura de consumos colectivos, de manera que se garantice la estabilidad económica. Así mismo, el modelo de producción fordista solamente se pudo sostener gracias a una fuerte división sexual del trabajo y el mantenimiento de esferas ocultas de la economía.

2.2.1 La impronta Keynesaiana

En este contexto, nace uno de los pensamientos económicos más importantes que llegan hasta la actualidad: el Keynesianismo. El casamiento del fordismo y el keynesianismo “se fortalece con éxito después de 1945 y constituye la base de un largo periodo de expansión capitalista que se mantuvo hasta 1973. Durante estos “treinta años gloriosos”, el capitalismo en los países avanzados consiguió sostener fuertes tasas de crecimiento económico, acompañadas de una elevación del consumo de la sociedad en su conjunto. Y así se expandieron industrias como la automotriz, electrodomésticos, transporte, que fueron vistas como las grandes impulsoras del crecimiento. De la mano con este esquema de relaciones de producción, los Estados Unidos, que disponían de un considerable avance en términos de productividad industrial, consiguieron imponer su modelo de desarrollo. Exportaron su modelo de vida culturalmente a través del consumo e institucionalmente mediante acuerdos internacionales. Los acuerdos de Breton Woods (1944) transformaron el dólar en moneda–reserva mundial. Acompañando este proceso de desenvolvimiento industrial, apoyándolo y colaborando con él se van desarrollando las técnicas gerenciales, entre las que se destaca el marketing (…)”, que “se convierte en el principal impulsor de la dirección de las empresas y fue desarrollando un cuerpo de teorías y conocimientos profundamente influyentes” (Carosio; 2008: 134-135). El marketing, la publicidad… personas, instituciones, recursos y esfuerzos para “descubrir” las necesidades de lxs consumidorxs. O mejor dicho, para impulsar la creación de nuevos deseos de consumo que retroalimente la producción. Así el mundo del marketing trata de “desarrollar preferencias, pero en la práctica genera necesidades nuevas, que siendo siempre renovadas constituyen la condición indispensable del crecimiento industrial. Se postula que el mercadeo eficiente facilita la entrega de bienes y servicios que el público desea, integra la oferta y la demanda para cumplir con los objetivos de la sociedad y ayuda a superar las discrepancias entre producción y consumo” (Carosio; 2008: 136-137).

Después de la segunda guerra mundial la mercantilización de la vida empieza a expandirse (nuevas/viejas formas de acumulación por desposesión). De esta forma “el consumo se desprende de la tradición y comienza a depender de la publicidad y la promoción de ventas. La norma de consumo de masas supone una extensión de las pautas de consumo a la vez que una estandarización de los productos, pero también de los propios consumidores. Varios conceptos, como el confort y la moda, se convirtieron en formas de codificación social, y la publicidad construyó un sistema social de aspiraciones. Se comienza a constituir así un conjunto de demandas típicas para los hogares, un “standard package” o equipamiento básico del hogar, que forma un conjunto de demandas asociadas cada vez más amplias (Alonso, 2004: 19). Nuevos conceptos aparecen en los medios de producción de subjetividades (o comúnmente denominados de información) donde las organizaciones empresariales deben “aprender que su función no es producir bienes o servicios sino comprar clientes, hacer aquello que induzca a la gente a hacer negocios con ella” (Levitt; 1995{1960}: 40). Así, la nueva y poderosa industria “de la persuasión publicitaria utiliza elementos sociológicos, psicosociales, cognitivos y culturales, con un altísimo grado de tecnificación y profesionalismo, poniéndolos al servicio de la construcción de un universo simbólico apetecible. Pone en marcha motivaciones e instintos primarios de los consumidores, se excita el interés, se racionalizan los deseos para culminar en una actitud de consumo, convenciendo sobre la acción de compra, pero presentándola como si derivara de una decisión personal y voluntaria”, según Carosio (2008), que continúa: “la edad de oro del fordismo permitió que la situación preferente de Estados Unidos se convirtiera en hegemónica, de manera que se creó un patrón de vida y la cultura del consumo idealizado: el american way of life (automóvil + confort + productos desechables), que se transformaron en norma del comportamiento adquisitivo. Inició así la era del “confort” (comodidad) como objetivo vital y como manifestación de calidad de vida”. (Carosio; 2008: 138).

El keynesianismo, que puso su mirada a la demanda agregada, partía de la idea de que los “salarios pueden ser vistos de dos maneras: como un coste para las empresas, pero también, y esto es lo interesante, como la fuente principal del gasto en consumo. Paradójicamente si los salarios son «excesivamente» bajos y los beneficios «excesivamente» altos, puede ocurrir que el gasto en consumo no aumente de forma suficiente como para que los empresarios puedan vender en el mercado toda su producción, y por lo tanto garantizar su beneficio. A esta situación, que ha sido recurrente en numerosas crisis económicas a lo largo del siglo XIX y de buena parte del XX, se la conoce como subconsumo, o también «sobreacumulación» dado que hay gran cantidad de capital que no encuentra inversiones rentables en la producción de mercancías y servicios que se puedan vender. La solución histórica a este grave problema vino dada, como ya se ha dicho, por John Maynard Keynes. En sus observaciones de la crisis de 1929, el lord inglés atacó encarnizadamente las teorías económicas del desempleo voluntario y sostuvo, en su lugar, que toda salida efectiva de la crisis pasaba forzosamente por elevar los niveles generales de consumo de la sociedad, o lo que en economía se llama «demanda agregada». La mejor forma para hacerlo era a través de programas de gasto público que relanzasen el proceso económico; este tipo de intervención debía ser prolongado y debía venir reforzado por medio de una política de moderado incremento de los niveles salariales. La razón se encontraba en lo que Keynes llamaba la diferente «propensión al consumo de las clases trabajadoras y propietarias». A diferencia de lo que ocurre con los ricos, los trabajadores tienden a gastar la mayor parte de su salario en gastos de consumo corriente; de esta manera, al elevar el nivel de los salarios se elevaba el consumo general. Se conseguía así vender una mayor cantidad de la producción potencial, y al mismo tiempo se estimulaba una nueva ronda de inversiones que finalmente generaba más empleo” (Observatorio Metropolitano; 2011: 38).

El keynesianismo no es solamente un reformismo del capitalismo, o dicho de otra forma, la cara amable del mismo, sino que se convirtió en “la teoría dominante de las políticas económicas de los países occidentales después de la II Guerra Mundial. En cierta forma, los treinta años que van desde 1945 hasta la llamada crisis del petróleo de 1973-1979 vinieron marcados por el mismo tipo de pacto social que hemos visto en EEUU. Los términos eran los siguientes. Por un lado, los empresarios y los propietarios de dinero aceptaban que las ganancias que se obtenían por las constantes mejoras en la producción industrial repercutieran, aunque fuera de una forma mínima, en los salarios de los trabajadores. A cambio, los propietarios de capital garantizaban que su producción tuviera compradores, y que incluso, por medio del gasto público, la salud (sistemas públicos sanitarios) y la productividad (gasto en educación) de sus trabajadores fuese creciente. Por su parte, los trabajadores, a través de los sindicatos, aceptaban que el incremento de sus salarios y su consumo no fuera mayor que el de la productividad a fi n de no mermar las ganancias de los capitalistas. En el mismo paquete de negociación se establecía también el abandono de todo horizonte de transformación radical de la economía capitalista” (Observatorio Metropolitano; 2011: 39-40).

El pacto entre el Estado, capital y “pleno empleo” como garante de la acumulación se mantuvo relativamente intacto en los países del norte global hasta los años 70. Este pacto dio lugar a lo que comúnmente denominados Estados de Bienestar. Estado que siempre ha estado sujeto a un ataque continuo y disputa a lo largo de toda su historia. Durante los años 60, “dos episodios de rápida subida de los precios del petróleo, unidos a una creciente competencia internacional, así como a una presión salarial cada vez más fuerte por parte de unos trabajadores cansados de un pacto en el que sencillamente eran la parte que más aportaba y menos ganaba, puso fi n a la trayectoria económica de las décadas anteriores. Las estrategias de los empresarios y de los gobiernos fueron muchas y muy distintas, pero casi todas ellas compartieron un mismo diagnóstico: los salarios se habían convertido de nuevo en causa principal de los problemas económicos. La terapia pasaba por el control salarial. El objetivo último consistía en bloquear la presión sobre los beneficios —y por lo tanto sobre la inversión— y/o que las alzas salariales repercutiesen sobre los precios —lo que producía inflación. El triunfo Reagan y Thatcher en EEUU y Reino Unido sancionó esta nueva línea política con un feroz ataque a toda movilización sindical. Como había ocurrido históricamente, los salarios volvieron a ser, fundamentalmente, un coste para los empresarios” (Observatorio Metropolitano; 2011: 40).

Como se afirma desde el Observatorio Metropolitano (2011: 40-41) el “resultado económico de las políticas de control de rentas y del ataque al trabajo fue, en todo caso, muy distinto al esperado. El bloqueo al crecimiento de los salarios e incluso su reducción no produjo mayor crecimiento económico, ni tampoco la creación de un número significativo de empleos. Antes, al contrario, durante las décadas de 1980 y 1990, el crecimiento económico de los países occidentales fue moderado, y en algunos casos insignificante, al menos si se compara con la de 1960. Al mismo tiempo, el desempleo se estabilizó en unas cifras que hubieran sido consideradas inaceptables unos años atrás. Aunque las razones de esta relativa atonía económica tenían que ver con los problemas de realización de los beneficios capitalistas que hemos comentado en el epígrafe anterior, uno de los escollos fundamentales se encontraba, otra vez, en que con altos niveles de paro y salarios estancados era muy difícil estimular el consumo de las familias, y con éste la inversión. El resultado eran unas economías más bien anémicas, con crecimientos débiles e inestables. La solución a este problema, ensayada en un buen número de países, entre ellos España, vino de la mano de la ingeniería financiera. El problema se encontraba de nuevo del lado de la demanda: si las familias no pueden gastar más a partir de unos flujos menguantes de renta salarial, quizás se puedan elevar sus niveles de gasto por medios financieros. Los instrumentos financieros que sirven a este propósito son básicamente dos, y casi siempre aparecen combinados: por un lado, el recurso al crédito (endeudamiento) y, por otro, las burbujas financieras e inmobiliarias que operan sobre títulos de propiedad (como acciones, fondos de pensiones o viviendas) que están en manos de una proporción significativa de los hogares”.

2.3 Postkeynesianismo, postfordismo y globalización económica

A partir de la década de los 80 empieza el llamado postfordismo, o globalización económica que se caracteriza por la profundización en la “fragmentación, diferenciación y desinstitucionalización de la fuerza de trabajo que, en muchos casos, lleva aparejada la degradación sistemática de los modos de consumo y los estilos de vida. El postfordismo se presenta, así, como un modelo de regulación frágil y contradictorio, en el que la base fordista sigue siendo el sustrato social mayoritario de los estilos de vida actuales, pero donde los nuevos mecanismos de flexibilización geográfica, tecnológica, social y jurídica del proceso productivo han generado multiplicidad de posiciones y estratos en la estructura social contemporánea que enmarcan estrategias de consumo con sentidos sociales muy divergentes […]. Si por algo se caracteriza la sociedad de consumo postfordista es por su vacío y debilidad social. Se configura un modelo de crecimiento volcado en las rentas altas, cosmopolitas y globalizadoras, que se separan progresivamente tanto de las clases medias, cada vez más fragmentadas y vulnerables, como de las clases obreras y populares, precarizadas y desempleadas hasta convertirse, en muchos de sus segmentos, en nuevas subclases o infraclases. (…) Tras la crisis (de los años 70), un fuerte proceso de remercantilización, privatización y desregulación acaba creando un marco institucional, ideológico y convencional de gestación de la fuerza de trabajo, dominado por la idea de máxima movilidad y adaptación a las necesidades estrictamente mercantiles y de máxima rentabilidad a corto plazo de capitales que se mueven en un marco mundial. En este contexto, la “desregulación” se convierte, paradójicamente, en el soporte del nuevo modelo postfordista. La norma de consumo nacional se fragmenta y diversifica, estructurándose, por un lado, en normas internacionales y cosmopolitas y, por otro, en estilos de vida y consumo cada vez más defensivos y retraídos sobre lo convencional y lo local” (Montes; 2008, 231-233).

En la actualidad conviven diferentes modelos de producción y consumo donde el “modelo McDonalizado, masificado y normalizado de consumo sigue siendo dominante. Señala que las nuevas élites ascendentes y los movilizados han podido crear subculturas del consumo mientras que las clases medias, en crisis, tienen que soportar la precarización de los servicios públicos, la degradación publicitaria y cultural de los medios de comunicación generalistas, la artificialización y riesgo sanitario de los productos alimentarios baratos, la imposición por parte de los grandes distribuidores de sus productos y marcas o la ineficiencia real de las legislaciones sobre consumo. Pero al mismo tiempo la “sociedad postmoderna, el capitalismo de consumo, se constituye como un orden lúdico e irónico, cuya mejor encarnación sería el gran centro comercial. Además de circunstancias macroeconómicas y macrosociales (industrialización del sector servicios, McDonalización) una serie de dispositivos sociológicos, simbólicos, y psicológicos asociados al acto de compra, han favorecido que estas formas comerciales se incrusten rápidamente en nuestros modos y estilos de vida. El triunfo social mundial de los grandes centros comerciales es precisamente el de condensar en un espacio y un tiempo reducido, una enorme cantidad de símbolos culturales, muchas veces contradictorios (ocio, gasto, sensación de ahorro, de libertad y seguridad, etc.) pero que atraen las prácticas de los consumidores, creando el contexto de su normalidad social. El gran centro comercial es, por tanto, mucho más que un modo de compra; es un modo de vida o, si se quiere, una forma de integración o un lenguaje de comunicación con el mundo social” (Montes; 2008, 234).

Así, si bien “los modelos convencionales masificados y estandarizados de consumo son, y seguirán siendo, los elementos de referencia mayoritaria para la planificación comercial en la sociedad de consumo, también es necesario tomar conciencia de la aparición de hábitos que se comportan con lógicas mucho más contextuales y locales. Estos hábitos representan estilos que tarde a temprano pueden modificar la conciencia colectiva y las instituciones sociales, sean estas formales o informales” (XX). Por tanto “entramos así en la mezcla de dos modelos culturales de la sociedad de consumo postmoderna. Por una parte, el modelo mayoritario y normalizado y, por otra, los múltiples submodelos de consumos de identidad, unificados porque suponen percepciones mucho más personalizadas del acto de compra, y que se desarrollan según lógicas más relacionadas con valores derivados de la pertenencia a una comunidad” (Montes; 2008, 234-235).

Uno de los elementos teóricos más importante para entender el desarrollo capitalista es la “segmentación” la capacidad que ha tenido el sistema de absorber críticas y generar nuevos mercados y discurso enfocado al consumo tanto para grupos de alto poder adquisitivo y como para grupos más populares en el norte y sur global. Sin embargo, el funcionamiento estructural del patriarcado/capitalista en la globalización ha permitido profundizar como nunca antes en la historia en las desigualdades sociales. Así “surgen también otras formas de consumo defensivo y local, basadas de la aparición de segmentos especialmente vulnerables. Minorías étnicas, grupos de edad no convencionales (jóvenes y ancianos) grupos adquisitivos medio-bajos y no motorizados (amas de casa de edad avanzada) se entrelazan y combinan en el nuevo tejido urbano, desarrollando desde un nuevo comercio étnico hasta un comercio de proximidad asentado sobre patrones de consumo tradicionales. Otro elemento a tener en cuenta son las formas de vida y comercio impulsadas por nuevos movimientos sociales: feminismo y ecologismo, comercio justo y comercio de reciclados. En estos fenómenos el consumo es toda una forma de vida, donde los parámetros clásicos del consumidor mercantilmente racional se convierten en la imagen a atacar.” (Montes; 2008, 235).

Así mismo, en este contexto es donde se empiezan a fraguar las bases político-institucionales de la gran estafa financiera donde sobre “preceptos, desde las décadas de 1980 y 1990, se ha aplicado una compleja batería de políticas que ha introducido a una creciente masa de hogares en los circuitos financieros. Propiamente, cuando una persona adquiere acciones o un fondo de pensiones, o compra viviendas o suelo pensando sobre todo en los rendimientos futuros y no tanto en su utilidad como bien de uso, esta persona está operando según lógicas financieras. Cuando este tipo de operaciones está al alcance de muchas familias y lo que es más importante, cuando una parte creciente de sus rentas —y también de sus riesgos— se deriva de las plusvalías financieras, se puede decir que las economías domésticas se «financiarizan». Esto es sencillamente lo que ha ocurrido en los últimos 20 años. Pero, ¿cómo la financiarización de las economías domésticas, o lo que algunos han llamado el triunfo del capitalismo popular, puede dar lugar a ese milagro económico de elevar el consumo sin hacer lo propio con los salarios? El circuito que bombea renta desde los mercados financieros al gasto en consumo de las familias se tiene que cerrar, necesariamente, por medio de un crecimiento espumoso de las acciones y los activos financieros en sus manos. Las grandes subidas bursátiles que se vienen produciendo desde la década de 1980 han permitido que una parte de las ganancias producidas por acciones y fondos de inversión se dirigiesen a gastos corrientes. A este mecanismo se le llama «efecto riqueza» (Observatorio Metropolitano; 2011: 41-42).

Así, lo curioso de este efecto riqueza es que se puede generar “generar también por medio de burbujas inmobiliarias. De hecho, el último gran ciclo económico (el de los años 2000) se ha visto animado por una serie de explosiones inmobiliarias anidadas a escala internacional y protagonizadas por un nutrido grupo de países: Reino Unido, EEUU, Irlanda, Australia, Nueva Zelanda y también España. Todos ellos con mercados de trabajo muy precarizados y salarios estancados. En estos países, el objetivo principal de las políticas económicas ha sido convertir la vivienda en un bien de inversión que soporte crecimientos significativos de su precio y con ellos de la riqueza «nominal» que propiamente dicen tener las familias. El mecanismo tiene una base tan sencilla como que el crecimiento de los precios, y las consiguientes plusvalías inmobiliarias, o también la capacidad de acceder a nuevas rondas de endeudamiento avaladas por unas propiedades inmobiliarias de valor creciente, permitieran a las familias aumentar sus gastos, aunque no creciesen sus salarios. De este modo, el acceso al crédito para nuevas inversiones inmobiliarias —especialmente de los sectores de mayor renta— retroalimentaba en círculo nuevos crecimientos del precio de la vivienda y, a su vez, nuevas oleadas de endeudamiento. Quizá la principal arma política que se ha utilizado para este fin ha sido la reducción de los tipos de interés. Por ejemplo, entre 1990 y 2007 los tipos de interés medios en España bajaron desde el 13 % al 2 %” […]. Naturalmente, este tipo de estrategias basadas en el valor de los patrimonios de las familias y la extensión del crédito ha producido una particular inversión de las funciones económicas que habían mantenido el Estado y los hogares desde al menos los años treinta del siglo XX. Por un lado, el Estado se ha ido ajustando a las prescripciones neoliberales de reducción de gasto, abandonando progresivamente ámbitos sociales que antes eran de su competencia, como las pensiones y la vivienda” (Observatorio Metropolitano; 2011: 42-43).

Por otra parte, las familias, que tradicionalmente eran consideradas las principales proveedoras de ahorro, se han visto cada vez más presionadas tanto por el abandono del Estado, como por el continuo recorte de los ingresos salariales, y tal y como pone de manifiesto el Observatorio Metropolitano (2011; 43), que continúa afirmando que en el Estado español, incluso “en los años de prosperidad, entre 1995 y 2007, los salarios decrecieron un 10 % de media. Es así como los hogares se han visto forzados a mantener sus niveles de consumo a través del recurso masivo al crédito (y de las revalorizaciones de los títulos de propiedad). De este modo, el exceso de gasto que según los modelos keynesianos era sostenido por el Estado, ha pasado ahora a las familias […]. Por eso, algunos hablan de un particular keynesianismo de corte financiero, o basado en el precio de los activos en manos de las economías domésticas. El doble círculo virtuoso de esta sofisticada ingeniería financiera consiste en elevar el consumo de las familias sin elevar los salarios, y sostener la curva creciente de los beneficios financieros sin aumentar el gasto del Estado, y por ende los impuestos sobre esos mismos beneficios. La contrapartida está, por supuesto, en que la mayor parte de los riesgos de estos complejos circuitos económicos ha sido transmitida a las familias, por medio de su creciente exposición al endeudamiento”.

 

3. A modo de reflexiones finales:

En este texto hemos hecho un recorrido desde la economía política por los momentos históricos fundamentales en la configuración del sistema de pensamiento económico capitalista, desde la primera revolución industrial hasta los actuales procesos de globalización y financiarización de la economía. Para ello hemos analizado brevemente la acumulación originaria, la expansión de la producción y el consumo en masa posibilitados por el taylorismo, el fordismo y la influencia de keynes, para analizar finalmente el postkeynesianismo, el postfordismo y la globalización económica del momento actual.

 

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[1] gferrerocarrera@yahoo.es y dpern@unileon.es